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Alcanzando el cielo

Muchas personas apuntan a alcanzar el cielo en la vida, pero sólo unos pocos siguen el camino trazado por Murezi Casanova. En el monasterio benedictino de Disentis en Suiza, el jardinero novato y entrenado cuida la vegetación y el jardín del monasterio, y pronto añadirá la salvación de sus semejantes a su lista de deberes.



Una altura de 1100 metros sobre el nivel del mar es impresionante. Aquí en el medio de las montañas suizas del Cantón de Graubünden’s Oberland, las vistas llegan considerablemente más arriba, todo lo alcance la vista si uno quiere. En los últimos 16 meses, Murezi Casanova ha tomado su lugar entre los 22 monjes que han sido bendecidos con la oportunidad de disfrutar de las maravillosas vistas que se ofrecen en Disentis. Al amanecer, el sol sube majestuosamente por los brillantes picos nevados de Graubünden, con el aire alpino tan puro como la nieve.

Mientras aún era un niño, dice que este lugar mágico lo fascinaba. El jardinero proviene de un pequeño pueblo situado a 30 kilómetros del monasterio, y a la edad de 21 años es el más joven de los monjes. Su día comienza temprano, de hecho antes del amanecer. A las 5.30 de la mañana, los monjes se reúnen para cantar himnos, y con sus voces llenan el gran cuerpo de la iglesia del monasterio y elevan sus voces hasta los frescos del techo sacro.

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Impresionantes vistas alpinas

Después del desayuno, la mañana está dedicada a los cantos espirituales, salmos y al estudio de la Biblia y del catecismo. "Ora et labora, ora y trabaja, esa es la misión que Dios y San Benito nos han encomendado", explica el Hermano Murezi, mientras  el canto de los grillos nos acompaña por todos lados. El joven monje se pone a trabajar, y recibe la llamada a ayudar a quienes le puedan necesitar. Más tarde, una vez tomados sus votos, sirve también como pastor.

El almuerzo incluye carne y verduras, que a menudo proceden del antiguo jardín o del pequeño invernadero del monasterio. Las acelgas, por ejemplo, son cultivadas por el hermano Murezi. Las hojas verdes se utilizan para hacer la famosa especialidad del cantón, el Capuns.

El repollo verde también está prosperando, y no sólo se valora como un plato rico en vitaminas, sino que también se convierte en un ungüento curativo. Un poco más al margen de la mesa donde están comiendo, un Hermano está sentado y leyendo desde la Biblia. Hablar está prohibido. Hacen circular un pedazo de pan en un tazón de madera, cada monje corta una rebanada. También hacen pasar por la mesa una jarra con agua y otra con vino tinto.

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Aire celestial

"Los monjes seguimos una tradición centenaria", explica el novicio mientras se cambia el hábito negro de monje por un mono de trabajo verde grisáceo. Cae la tarde y ahora el monje está en su habitación o "celda" como se le llama aquí, amueblada de un modo muy austero. Es la hora del "laboro" o trabajo.

El hermano Murezi está especialmente orgulloso de la antigua plaza del monasterio. El monje nos muestra cómo están creciendo sus tulipanes, con sus colores brillantes. Rojo, blanco y amarillo, colores brillantes que destacan como puntos de la pintura en un paisaje de sol bendecido. Buceando en un mar de hierbas más atrás, uno se encuentra envuelto por la fragancia dichosa del tomillo, romero y bálsamo de limón. Todo tipo de arbustos crecen serenamente bajo la benevolente influencia de las manos expertas del monje que los cuida.

"Me gusta mucho estar al aire libre", dice el novicio. Tiene el pelo corto, el rostro de expresión dulce y los ojos oscuros y brillantes. Le acompaña el sonido de las campanas. El suelo es  empinado: el hermano Murezi descarga las herramientas de un soporte de color gris oscuro. "Hoy estoy plantando una secoya", nos dice riendo, mientrsa saca la tierra del camino.

 Con habilidad técnica, el novicio envuelve un saco de lona alrededor de las raíces del árbol y extrae el árbol aún pequeño con mucho cuidado de la tierra con una herramienta de jardín. "Hace cientos de años los monjes experimentaban con esta exótica especie arbórea", explica. El árbol se va a plantar frente al monasterio en un prado grande, y tendrá libertad para desarrollarse sin obstáculos.

El hermano Murezi  observa de pie cómo plantan el árbol mientras una atmósfera pacífica llena el ambiente de una fragancia de hierba verde. A menudo va a dar un paseo con otros monjes, incluyendo al hermano Martin, su amigo y educador de confianza, que también es el prefecto de la escuela y profesor de religión en el internado del monasterio y la escuela secundaria. Durante sus largas caminatas por las laderas de las montañas, con los picos que se elevan en el horizonte cubiertos de nieve, una pizca de eternidad cuelga en el aire.


Cortado de césped

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A los hermanos les une la religión y su pasión por el fútbol. Ambos disfrutan de un partido con los niños de internado en el mismo campo de fútbol que el hermano Murezi acaba de segar. Las cúpulas barrocas de la iglesia del monasterio sobresalen un poco por encima de la hierba. Las vistas son realmente inmensas. Acaban de anotar un gol que hace estallar el júbilo. Sí, Hermano Murezi: su campo de fútbol, ​​sin duda, tiene la mejor vista del mundo!

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El joven monje seguirá siendo un novicio hasta el verano, cuando tome sus primeros votos. Para entonces sus días comenzarán de nuevo al amanecer, siguiendo con la tradición de Disentis de hace más de 1.400 años.